martes, 10 de julio de 2018

Ese mágico mundo de las redacciones

Las redacciones de los diarios eran un mundo mágico. Con la música de fondo de las maquinas de escribir, decenas de hombres, y pocas mujeres, se empeñaban en narrar de la mejor manera las noticias que la gente leería a la mañana siguiente. O en la tarde, si eran vespertinos.
Cuando uno entraba en una redacción lo sorprendía la neblina azulada provocada por el humo de los cigarrillos. Los periodistas eran grandes fumadores. Mientras las colillas se amontonaban en los ceniceros, muchos improvisados, el humo llenaba todo el ambiente. El ruido metálico de las maquinas, aporreadas sin piedad por cronistas que en su mayoría desconocían las técnicas de la mecanografía o dactilografía, constituía una banda de sonido invariable en todos los diarios. Se sumaba el ruido de las teletipos que vomitaban sin parar, o hasta que llegara el fin del rollo de papel, las noticias, anuncios e informes que brindaban las agencias de noticias. El mundo estaba al alcance de la mano y eso que no había Internet. En un sector la radio, luego el televisor, encendida para escuchar los informativos o programas periodísticos. Mas al fondo las mesas de transparencia donde dibujantes y diseñadores confeccionaban las viñetas o caricaturas así como los avisos de último momento. Al fondo, el secretario de redacción. Un hombre presionado por el director o editor jefe y que a su vez presionaba a los editores quienes hacían lo propio con redactores y cronistas. Alguien dijo que era la perfecta aplicación de la “ley del gallinero”. Esos individuos hacían de la búsqueda de la información la materia prima de un producto que se vendía en la calle y que tras leerlo terminaba en el tacho de la basura o en el piso de la jaula de los pájaros. Eran épocas en que la gente tenía pájaros enjaulados en sus casas. Distribuidos en escritorios diseminados por todo el piso, los periodistas escribían, llamaban por teléfono, tomaban notas, bebían café y fumaban. A veces, en alguna mesa, asomaba un mate.
A lo largo del día había gente que pasaba por la redacción para contar sus problemas, angustias, denunciar casos de abuso, de malos vecinos, de patrones explotadores. Pasaban a dejar alguna obra, un escrito al que creían de importancia. Iban a pedir una entrevista, por cualquier cosa. Concurrían delegaciones sindicales, deportivas, el almacenero asaltado, el taxista que llevó a la embarazada de urgencia a la maternidad, el goleador del fútbol infantil. Llegaba gente a plantear sus problemas, a pedir dinero. Todo pasaba por las redacciones de los diarios. Era, para mucha gente, un confesionario laico.
Un teléfono sonando podía ser la primicia de tapa del día siguiente. O simplemente una falsa alarma. Alguien que llamaba para decir que había una persona rondando su casa, o alguno para dar datos posta sobre tal o cuál político o figura pública.
A ver si apuramos esa nota que se viene el cierre y del taller me están apretando”. Así, secamente, un editor podía acercarse a un redactor y provocar un temblor más potente que el terremoto de San Francisco. Había que cerrar, y rápido. Lo más probable es que nadie lo estuviera apretando pero el tipo si que apretaba al pobre cronista que sudaba la gota gorda y aporreaba con más fuerza las viejas y nobles teclas de una Remington o Underwood. Así, bajo presión, se trabajaba en las viejas redacciones.
No faltaba el momento en que el jefe de redacción pedía algo para llenar un recuadro, como si los cronistas hicieran magia. Y si, a veces los cronistas hacían magia y apelaban al panteón, o sea el cajón en donde guardaban alguna nota por si acaso o recurrían a su imaginación, inventiva o sus fuentes y liberaban esa magia que les permitía escribir ese algo para evitar que la página saliera con un cuadrito blanco. A veces faltaba el título, y el tipo gritaba “hace un título de tres de tres”. Tres letras por tres líneas. Y unos cuentan que el cronista tituló “Hoy hay box” y otros que puso “Hoy hay pan”, sin especificar de que trataba la tal nota.
En algunas ocasiones la epopeya del cierre terminaba con algún error que la día siguiente no había manera de arreglar. En 1987 cuando el papa Juan Pablo II llegó a Uruguay un diario tituló: “Hoy llega Juan XXIII”.


domingo, 17 de junio de 2018

La asonada de Santa Clara de Olimar

“Que se vayan”, “Ustedes no quieren trabajar”. El grito histérico, mandón y prepotente lanzado contra un grupo de trabajadores, increpados por algunas decenas de personas, se sumaba a otros maltratos como empujones, y más gritos, cada vez más destemplados. Este era, a grandes trazos, el ambiente en la estación de servicio de Santa Clara de Olimar el fin de semana pasado cuando una patota encabezada por referentes de “Un solo Uruguay” y propietarios locales desalojaron al personal que se encontraba en asamblea y en el medio de una negociación por la restitución de un operario despedido.
El episodio dejó al desnudo la violencia que subyace en las declaraciones de algunos dirigentes del movimiento que no es otra cosa que la violencia naturalizada por siglos de sometimiento a los patrones. Lo dejó en evidencia el dirigente Juan Brea Saravia, vocero de “Un solo Uruguay” y consignatario de ganado, cuando en declaraciones a la televisión dijo que en el local había “dirigentes del Pit-Cnt que venían de Treinta y Tres” y que por eso procedieron como lo hicieron.
La asonada de Santa Clara de Olimar se inscribe en un ambiente que se viene generando desde hace tiempo en algunas zonas del país. En ese sentido vale recordar el caso del peón rural golpeado por el capataz y propietario de la estancia donde trabajaba en Salto. Un caso de violencia feudal que tuvo repercusión en la opinión pública en su momento, pero que fue considerado como un caso aislado. Un hecho similar se registró poco después en otro establecimiento. Al comienzo de este año, en Rivera, fue asesinado un dirigente sindical por otro trabajador que no estaba cumpliendo con la medida sindical. El matador no vaciló en descargar su odio pese a que el sindicalista estaba acompañado por su esposa y su pequeña hija. El homicida fue protegido por su patrón, quien incluso abrió el portón del local de la empresa para esconder el camión.
Tabaré Vázquez fue víctima de algunos de los más exaltados cuando fue prácticamente emboscado a la salida del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), ocasión en la que fue increpado, acusado de mentiroso y abucheado. Incluso, en los dos Consejos de Intendentes realizados con posterioridad -en Playa Pascual, San José, y La Macana, Florida-, grupos de “autoconvocados” protestaron, agredieron a sindicalistas y abuchearon a vecinos que participaban en las actividades.
Pero en el caso de Santa Clara fue claro que los trabajadores estaban en el medio de una negociación con intervención del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS) y que fueron provocados por el propietario de la estación cuando este se negó a recibirlos y cerró el establecimiento. No obstante, algunos medios de prensa, encabezados por el diario El País y los canales de televisión de Montevideo, presentaron el caso como la reacción de vecinos cansados. No se sabe cansados de qué, porque la actividad sindical es nula en esa zona del país donde no hay grandes emprendimientos industriales.
Los hechos comenzaron a sucederse semanas atrás, cuando el personal de la empresa comenzó a reclamar una serie de mejoras en las condiciones de trabajo, como en los baños, por ejemplo. El diálogo con el propietario, Elio González, se cortó cuando este despidió a uno de los trabajadores, uno de los delegados, alegando “notoria mala conducta”. De inmediato los operarios transmitieron su situación a la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y Ramas Afines (Untmra) -sindicato al que pertenecen los trabajadores de las estaciones de servicio- y al Ministerio de Trabajo. Para las autoridades no había causal de despido y recomendaron el reintegro del empleado mientras proseguían las negociaciones.
Sin embargo, el sábado en la noche se desató la violencia. Cuando el personal se encontraba en asamblea, el propietario decidió cerrar el establecimiento. Era el momento de la llegada de un raid hípico, actividad que concita el interés de la gente del lugar y en particular de propietarios de campos y de caballos. Ese fue el momento en el que González decidió el cierre, situación aprovechada por personas que se identificaron con “Un solo Uruguay” y el Partido Nacional.
El Pit-Cnt solicitó al Honorable Directorio nacionalista ser recibido para dialogar sobre este caso, ya que algunos de los agresores dijeron pertenecer a ese partido. Santa Clara está gobernada por el Partido Nacional y su alcalde, hasta donde se sabe, no se pronunció sobre los incidentes en la única estación de servicio del pueblo.
Esta pequeña localidad del departamento de Treinta y Tres está ubicada en medio de estancias, muchas de ellas de la familia Saravia, de larga trayectoria en el Partido Nacional y en la política. José Brea Saravia, vocero de “Un solo Uruguay”, quien justificó la asonada, es tataranieto de Aparicio Saravia. Su hijo, Gerónimo Brea, fue uno de los instigadores de la violencia.
Autoritarismo, prepotencia y paternalismo han sido las constantes en esas tierras y son caldo de cultivo para la violencia, que ahora se desató en esa pequeña localidad, pero que puede estallar en cualquier lado y en cualquier momento.

martes, 29 de agosto de 2017

Paso Carrasco, crónica de una inundación

El agua comenzó a llegar a media tarde del viernes. El arroyo Carrasco subió medio metro en una hora y la lluvia no cesaba. Los vecinos comenzaron a prepararse para lo peor: abandonar su hogar y tratar de salvar sus pertenencias. La noche no había caído del todo cuando en el lado norte de camino Carrasco algunas familias comenzaron a trasladar muebles, colchones y electrodomésticos. El agua estaba allí, a la puerta de sus hogares y avanzaba.
Los primeros evacuados salieron hacia casas de familiares o amigos, algunos debieron ser auxiliados por grupos de vecinos y militantes de organizaciones sociales y políticas de la zona. Durante toda la noche nadie durmió en esa parte de Paso Carrasco. Con la colaboración de amigos y vecinos, entre ellos el diputado del Movimiento de Participación Popular (MPP), Washington Silvera, las familias sacaban lo que podían de sus viviendas al tiempo que la lluvia continuaba y el arroyo, normalmente un tranquilo curso de agua, se desbordaba y avanzaba hacia la zona poblada.
Así pasaron hasta que el nuevo día llegó. La lluvia había cesado pero el avance del agua no. Esta llegaba hasta la calle Teniente Rinaldi, a tan solo seis cuadras de camino Carrasco, y ya eran decenas las personas evacuadas y muchas casas –manzanas enteras- estaban ganadas por el agua. Durante toda la mañana equipos coordinados por el Alcalde, apoyados por un camión de la Intendencia de Canelones, colaboraron en más evacuaciones al tiempo que alojaron a varias familias en el local del Centro de Barrio del Municipio.
El panorama en la zona inundada era desolador: un hormiguero de adultos y niños, sacaba sus pertenencias, algunos llevaban a sus mascotas, otros lo poco que podían abarcar. Washington, un vecino de la zona quien normalmente se dedica a la venta de tortafritas, recorría el barrio organizando la olla popular para la alimentación de quienes por alguna razón no quisieron ir al Centro de Barrio para no alejarse de su hogar. “Ya tenemos la olla de 50 litros pero ahora nos falta ponerle algo adentro”, dijo al explicar su misión. Se hacía necesario recorrer los comercios y conversar con el frigorífico, para proveerse los alimentos necesarios. Mientras tanto, a su alrededor niños y adolescentes se adentraban en el agua, que en algunos lugares llegaba hasta las rodillas, para colaborar con algún conocido o simplemente curiosear.
Muchos estaban inquietos por la seguridad y se corrían rumores de robos en las casas de las familias evacuadas. “Durante la noche los chorros no estuvieron quietos”, explicaron y esa era una de las razones por la que varios decidieron o bien no abandonar su vivienda o quedarse cerca, por las dudas. Se decía, incluso, que durante la noche una familia cargó todas sus pertenencias en un camión cedido “solidariamente” y cuando estuvo pronto el conductor partió con rumbo desconocido dejándolos sin nada.
A la entrada del Caif Timbó, en la calle Lavalleja, el agua cubría todo. A lo lejos se veía una canoa que llegó hasta la parte “seca” llevando a un muchacho que había logrado sacar una bicicleta. Allí mismo, el improvisado barquero le dijo a un joven, vestido con pantalones deportivos y una campera del Ejército: “mirá que voy para el lado de tu casa”. De inmediato se quitó los championes, las medias blancas, tomó un palo para hacer de remo y se subió a la pequeña embarcación. Ambos se adentraron en las aguas. Más atrás se podían ver otras personas intentando sacar cosas de una casa ayudándose de gruesas placas de espumaplast para flotar y no mojarse.
Pasado el mediodía llegaron baños químicos, para para atender las necesidades de los vecinos evacuados. Fueron distribuidos por toda la zona.
Al promediar la tarde una neblina comenzó a caer y se fue cerrando con el pasar de las horas. El agua se mantenía tranquila pero cubriendo una extensa zona al norte de camino Carrasco.
Llegada la noche los jóvenes del barrio improvisaron guardias en los alrededores de las viviendas vacías para prevenir posibles saqueos.



jueves, 10 de agosto de 2017

Uruguayos que combatieron junto a franceses recuerdan la odisea bélica

Revisando el archivo. Publicado en Ultimas Noticias el sábado 3 de setiembre de 1994. Testimonios de un uruguayo y dos franceses -uno nacido en Montevideo, sobre sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial. La entrevista fue hecha en la sede de la Embajada de Francia en Uruguay.

Uruguayos y franceses combatieron juntos colaborando en la liberación de Francia. Sus experiencias forman parte de un rico acervo histórico que a 50 años de la liberación de París es preciso rescatar. Anton Martín Vincent Salaberry, Elías Carrasco y George Lecompte, narraron parte de sus experiencias y compartieron con Ultimas Noticias sus vivencias de una época trágica y dramática.
*Anton Vincent Salaberry es uruguayo, de 75 años, nieto de vascos franceses, jubilado. Fue publicista, gerente de Ímpetu Publicidad, secretario de la gerencia de la Administración Nacional de Puertos (ANP) y secretario de Alberto “Titito” Heber. “Yo viví la guerra desde dos puntos de vista: uno estrictamente guerrero y otro, si se quiere, turístico, porque me tocó visitar veinte países y cuarenta ciudades. Formé parte de la 1ra. División Francesa Libre, que era en realidad la 1ra. División de Infantería Motorizada, estuve con la 13 ½ brigada de la Legión Extranjera”.
“Nuestro desembarco en Francia fue en la Costa Azul. No fue muy difícil, porque el desembarco grande se hizo en Normandía y lo peor se registró solo en algunas playas. Llegamos en un transatlántico desde Italia y desembarcamos con el agua hasta el cuello, todos mojados. Lo primero que liberamos fue un balneario francés llamado Antives, donde veraneaba Winston Churchill. Allí nos recibieron con mucha alegría. En nuestra marcha liberamos Marsella, Toulon, y después avanzamos hacia Lyon, y finalmente Estrasburgo. Llegamos después hasta la frontera con Alemania, donde terminó nuestra campaña en Francia. Nos retiraron del frente francés y nos mandaron de nuevo al Mediterráneo. Allí atacamos Italia por la retaguardia y culminamos la guerra –a pesar de ser una división motorizada- con las ametralladoras sobre mulas y combatiendo con los alemanes en las montañas”.
“Me incorporé a la guerra en Uruguay. Había un Comité de Francia Libre en la plaza Independencia, y yo era muy fanático de Francia, tanto que me puse corbata de luto cuando cayó París. Un día me enteré de ese comité, tenía 21 años. Ahí marché a la guerra.
“Nos embarcamos en un transatlántico, el Avila Star y arribamos a Liverpool en pleno invierno. Llegamos a Inglaterra en diciembre y el 10 de febrero salimos hacia África. En Durban embarcamos en un barco francés que se llamaba Il de France y días después llegamos a Suez. Después a Beitur, donde nos integraron a la Legión Extranjera. En un primer momento sentimos un poco de desazón, pero después de algunos líos con viejos legionarios pasamos a estar cómodos. Poco después nos mandaron a reforzar la 1ra. División Francesa Libre que estaba combatiendo en el desierto con las tropas inglesas.
“Al finalizar la guerra estuvimos en París por casi dos meses, haciendo turismo. Finalmente en setiembre del 44 nos embarcaron para Uruguay y llegamos en medio de una gran recepción popular. Nos recibió el presidente (Juan José de) Amézaga en la Casa de Gobierno.
*Elías Carrasco es francés, nacido en Marsella. Representa firmas francesas de comercio exterior. Hace 47 años que vive en Montevideo.
“A la guerra le sentí el peso desde que era niño. Empecé a vivir la preguerra cuando iba a la escuela y sentía los rumores del conflicto español. Oía a mis padres y a mi abuelo materno hablando de política y de la guerra. Crecí escuchando eso.
“Mi abuelo siempre le decía a mi padre que iba a venir una segunda guerra mundial y va a empezar aquí, decías y señalaba con el dedo la hoja de diario con un mapa. Vi que decía España. Recuerdo que en la escuela adoptamos huerfanitos españoles cuyos padres habían muerto y se quedaron sin nadie.
“Después, entre 1939 y 1940 vimos como los soldados se iban al frente a combatir, pero al poco tiempo vino el armisticio y la ocupación. Y fue muy duro. Sobre todo el día en que nos sacaron la bandera francesa y pusieron la del ocupante.
“Cuando desembarcaron los canadienses en Dieppe yo trabajaba de peón de albañil en una unidad de los alemanes, y era un jolgorio. Nos olvidamos de nuestros sufrimientos y sentimos que algo pasaba. Era tan cerrada la opresión, tan grande, que teníamos ansía de tener noticias del de tener noticias del exterior, pero si escuchábamos la BBC de Londres íbamos presos porque estaba prohibido. De todas formas trascendían algunas cosas, supimos del desembarco en Dieppe y allí empecé a ver un rayo de luz.
“Es más, no me acuerdo durante la ocupación de haber visto un día con sol. Un día soleado bajo la ocupación yo no me acuerdo. Vi el sol el día que me dijeron del desembarco en Dieppe, después cuando el de Normandía. Durante el atentado contra Hitler, presenciamos como los alemanes se arrestaban entre ellos. Eso fue fabuloso. Lo disfrutamos.
“Pero cuando se venía la liberación me transformé en un insurrecto. Conseguí un arma y me junté con los maquisard que estaban liberando Francia y estuve en alguna escaramuza.
“Luego vinieron los soldados aliados. En el momento en que llegaban los soldados nuestros, los americanos, los ingleses y algunos rusos, … bueno, si en ese momento me daban un arma y me mandaban a hacer cualquier cosa, la hubiera hecho por ellos, porque se merecían todo, todo. Esa gente se merecía que uno hiciera mucho por ellos, porque terminaron con el suplicio de tantas horas y años de oscuridad.
“Yo sentí veneración por esa gente que dijo no y se alzó en armas, y por otros que lucharon por la liberación de los países ocupados. Los uruguayos nos ayudaron mucho. Fueron a combatir para liberarnos. Yo quiero al Uruguay, aquí la gente tiene un alto sentido humanitario. Aquí superé los rencores de la guerra.
*George Lecompte tiene 69 años. Es jubilado de Industria y Comercio. Es francés pero nacido en Montevideo.
“Me uní a la Marina de Guerra de la Francia Libre en Inglaterra a la edad de 18 años. Lo hice a través de las autoridades francesas que estaban en Montevideo –mis padres se radicaban allí-, y me embarqué en 1942 en un barco mercante. Ingresé como marinero de segunda y luego de algunos cursos terminé como segundo de una flotilla de barreminas. La vida en el mar la hicimos protegiendo convoyes. O sea que protegíamos los barcos mercantes puesto que los abastecimientos y transporte de tropas se hacían fundamentalmente a través del mar.
“En comparación con los adelantos actuales, en aquella época no teníamos prácticamente nada. Recién se empezaba a usar el radar y lo ue ahora se llama sonar, y que en aquel tiempo se llamaba Asdic. Pero eran muy pocos los barcos que lo tenían instalado, razón por la cual todo se hacía a simple vista. La vigilancia se hacía con vigías instalados en el palo mayor.
“Recuerdo que estando en Casablanca nos enteramos de la liberación de París, cosa que se festejó ruidosamente. “Posteriormente, con unos barreminas que nos cedió la Armada Británica, nos dedicamos a limpiar de minas toda la costa francesa.
“La vida en el mar era muy dura, puesto que a veces se pasaban meses sin tocar puerto ninguno. Lo fundamental era estar muy unidos. Nadie podía fallar, desde el capitán hasta el último marinero.


sábado, 4 de marzo de 2017

Haciendo cola (fila) en Montevideo


Se dice que el viejo socialismo soviético era una especie de reino de las colas. Había que hacer cola para todo -al punto que un chiste polaco -otro país que vivía en medio de las colas- decía más o menos, que mientras Iv{an Yuri o Vladimir, o como quiera que se llamara, estaba en el espacio, su esposa estaba haciendo la cola para comprar el pan. La cosa que había que tomarse las cosas con calma y hacer la correspondiente fila: para comprar una bebida, en la panadería, para obtener vivienda...
En Cuba vi algo parecido, había cola para todo. Desde comprar el pan -de mañana- hasta para adquirir el aceite, ni hablar de entrar a un restaurante.
Pero eso, salvo en Cuba, parece que ya se terminó. No sé, nunca estuve ahí y me guío por lo que dicen los periodistas, que si parece que estuvieron allí, aunque en realidad nunca pisaron Moscú.
Ahora, Uruguay no es un país socialista, pero se ha ido transformando en un país de colas.En un solo día uno puede hacer la cola en el Abitab de su barrio, donde cinco, diez o quince personas van ha pagar o cobrar y aprovechan para plantearle cualquier tipo de problema a los funcionarios. Ni hablar los días de cobro donde los jubilados cuentan y acomodan el dinero en la ventanilla impidiendo que quién está haciendo la cola pueda acercarse, con la consiguiente perdida de tiempo. Después de Abitab uno se va al supermercado y de cinco cajas están funcionando dos. Y bueno, hay que hacer la cola.
Ya con la compra hecha uno se va a la oficina de la UTE para aprovechar el tiempo y hacer el trámite que ha dejado por hacer en más de una vez. Al llegar a la oficina se encuentra con una larga cola ante el mostrador de informes, ese filtro diabólico por donde uno pasa obligatoriamente para pedir un número, pero donde otros se detienen para preguntar y plantear cualquier cosa, como con la intención de que allí les resuelvan el problema. Hecha la cola y con el número, ha esperar que lo llamen. Esto tiene al menos la ventaja de que se puede esperar sentado.
Ni hablar d las colas en la UTU para anotar a los muchachos, esas que se arman en la madrugada anterior y duran todo el día y al final uno ve que careció de sentido ya que ho hay lugar y habrá que esperar.
En fin, colas para todo. Pese a las computadoras y el Plan Ceibal los uruguayos no se salvan de hacer cola para un trámite o para adquirir o pagar algo.

jueves, 12 de mayo de 2016

Identidad, patrimonio y símbolos




Hablar de patrimonio muchas veces queda circunscripto a los especialistas. Por lo general es la academia la que termina dando su opinión, muchas veces inapelable. Ante el patrimonio de la ciudad -tanto material como inmaterial- se espera siempre la opinión del arquitecto para explicarnos acerca de los valores, o la carencia de estos, de algún edificio. Si se trata del patrimonio inmaterial, vienen los músicos, los plásticos y otros artistas a dar su opinión. Falta siempre, pero siempre, la opinión de la gente. La de aquellos que tienen una visión distinta, Ni mejor ni peor, distinta. Basada muchas veces en la convivencia durante generaciones junto a algún bien, muchas veces ni siquiera un edificio, sino algo que se convierte por la fuerza de la costumbre y la tradición de una zona o grupo humano, en un símbolo. Y de eso se trata el patrimonio para el común de los mortales. Y un símbolo, se sabe, tiene más valor que el que pueda conferirle cualquier opinión.
Tiempo atrás, durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, y la primera administración de Mariano Arana al frente de la Intendencia de Montevideo, se comenzó a construir la Torre de las Telecomunicaciones. Los vecinos de la zona iniciaron una movilización en defensa de una antigua chimenea perteneciente a una fábrica cerrada. Era una chimenea. Nada más ni nada menos. Los opositores decían que se trataba de un grupo de nostálgicos ciegos ante el futuro, unos viejos que se niegan a mirar para adelante y otras cosas por el estilo, Incluso insultos, Porque insultos siempre hay en estos casos. Los vecinos alegaban: la chimenea siempre había estado allí.
Una mañana fui a hacer una nota con los vecinos, hablar con ellos para saber la razón para defender una chimenea. Al principio me costó entender. Luego lo comprendí: era un símbolo. Un símbolo de la identidad del barrio. De esa identidad que diferencia a La Aguada de la Ciudad Vieja por ejemplo, a La Unión de Pocitos. Cada zona de la ciudad, del departamento y del país tiene su identidad. Y esa amalgama de identidades crea una identidad plural de rico valor cultural.
Eso pasa con el edificio de la vieja confitería Cante Grill de la avenida 21 de setiembre. Ese edificio, construido por el arquitecto Humberto Pitamiglio, que recuerda a un castillo medioeval, no tiene valor arquitectónico según un arquitecto de la Comisión de Patrimonio. Puede ser. No soy arquitecto. Se dice que el maravilloso edificio del banco República en la Ciudad Vieja, tiene serias imperfecciones en la parte de atrás. Puede ser. Eso no es lo que importa. El edificio de la confitería es un símbolo. Así lo sienten los vecinos y las personas que se movilizaron para impedir su derrumbe. Situación que según la comuna está lejos de ser real, aunque para prevenir la administración de Daniel Martínez decidió una medida cautelar para proteger la construcción.
Tal vez haya llegado el momento de que ciudadanos comunes, vecinos, conocedores de los lugares y tradiciones de los barrios y lugares de la ciudad y del país, integren, aunque más no sea como asesores los organismos encargados de la preservación del patrimonio, como la propia Comisión de Patrimonio. Serían una voz distinta, una opinión para ampliar la pluralidad.



martes, 23 de febrero de 2016

Los tranvías del Fernando García, un atentado al patrimonio

A mediados de 1980 el intendente de Montevideo, Oscar Víctor Rachetti, firmó una resolución para retirar los tranvías que estaban en exhibición en el Museo Fernando García, en camino Carrasco. Estos coches fueron depositados en ese predio a comienzos de los años 60 poco tiempo después de ser retirados de la circulación. Su destino fue el desguace. Las razones del intendente para adoptar esa medida nunca fueron aclaradas.
Los tranvías, que habían pertenecido a la Administración Municipal de Transportes de Montevideo (Amdet), eran seis eléctricos y uno de caballos. Se trataba de los coches 159, el último que circuló por la línea E -conocido como "tranvía de la barra" por ser su destino la barra del Santa Lucía-, 200, 370, 595, 599 y 881, además del 72, de tracción a sangre.
El 595 había sido retirado 1967 para ser utilizado en la línea histórica por la calle Carlos Gardel. Esta funcionó hasta 1974 cuando fue retirada por disposición del intendente Rachetti. El mismo jefe comunal fue quién encabezó el proceso que terminó con la desaparición de Amdet.
Una vez retirados, los tranvías fueron transportados a la Estación Goes donde estuvieron depositados hasta su desguace.
Rachetti había sido electo intendente en la fórmula Bordaberry-Sappelli-Rachetti, en 1971, tiempo en el que todavía se votaba a los intendentes en la elección presidencial. Siguió en el cargo luego del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 y fue sustituido en enero de 1983 por Juan Carlos Payssé.
Nunca respondió por nada y falleció todavía con el respeto de algunos sectores de la sociedad. Fue, y nunca lo n
egó, un hombre de la dictadura.

Ese mágico mundo de las redacciones

Las redacciones de los diarios eran un mundo mágico. Con la música de fondo de las maquinas de escribir, decenas de hombres, y pocas mujer...