viernes, 17 de abril de 2015

Paso de los Toros a 56 años: salvaron la represa, la ciudad y sus sueños


¡Aviso a la población! ¡Aviso a la población!”, atronaba el aire de Paso de los Toros el altavoz del pequeño autoparlante de Daniel Romano quién recorría las calles de la ciudad isabelina al caer la noche del 16 de abril de 1959, anunciando a sus habitantes que tenían hasta el día siguiente para abandonar la ciudad. Una parte de sus pobladores había abandonado su domicilio voluntariamente aunque algunos tuvieron que ser evacuados días antes, en particular las familias que vivían en las cercanías del río Negro. Fueron llevados hacia lugares altos, casas prestadas, el cuartel del 3ro de ingenieros o vagones de AFE en la estación. Pero la mayoría de la población se mantenía en sus hogares, ya que las autoridades trataban de mantener la calma y esperaban, confiados, a que el dique de la represa de Rincón del Bonete resistiera el embate de las aguas.
Todo comenzó el 27 de marzo, a fines de la Semana de Turismo de ese año tan particular de 1959. Apenas 26 días antes había asumido el primer gobierno del Partido Nacional quebrando una hegemonía de casi 90 años del Partido Colorado. Los directorios de los organismos del Estado no estaban designados y funcionaban con autoridades provisorias. Todo estaba por hacerse en aquel país cuando comenzaron las lluvias que siguieron casi un mes sin interrupciones.
Con el correr de las semanas las aguas comenzaron a crecer en todo el territorio. Arroyos y cañadas se transformaron en caudalosos cursos de agua que crecían sin cesar llevándose por delante lo que encontraban a su paso. En ese marco comenzaron las evacuaciones. Primero en Artigas, luego en otros puntos. El centro de la atención se sitúo en la zona del embalse de Rincón del Bonete –en el centro mismo del país- ya que ante el avance de las aguas el nivel comenzó a subir a tal punto que se temía o que rebasaran el dique o que directamente lo rompieran. Ante esa situación el Poder Ejecutivo ordenó al Ejército Nacional hacerse cargo de la situación. Designó al general Enrique Olegario Magnani quién junto a los coroneles Líber Seregni y Andrés Gómez recorrió la zona y tras una reunión con los ingenieros de UTE en Rincón del Bonete decidió evacuar la ciudad lo más rápido posible. A su vez consideró necesario abrir un boquete en el acceso a la represa para aliviar la presión del agua.
El doctor Pedro Armúa, juez de Paz de la ciudad ese año, dijo a este cronista años atrás que las crecientes más grandes que se conocían en la cuenca del Río Negro arrojaban un avance de cinco mil metros cúbicos de agua por segundo, pero en el 59 se llegó a 17 mil metros cúbicos por segundo. Todas las previsiones de los ingenieros quedaron a un costado porque nunca se había registrado una inundación de esas características. Recordó que el general Magnani “nos reunió en el comando de la División (por ese entonces la Región Militar nro. 3) y nos dijo: fui a Rincón del Bonete y les pregunté a los ingenieros si el dique resistía. La mitad me dijo que sí y la otra mitad tuvo dudas. Así que prefiero hacer el ridículo, pero yo no arriesgo vidas. A las 24 sale el primer tren para Montevideo y la ciudad va a ser evacuada esta misma noche. Yo le dije: general, nos replegamos sobre el cerro y no habrá problemas. No, me dijo, porque el agua va a llegar a todos lados. Eso ya está dispuesto”.
Una noche pasaron con un altoparlante avisando a la gente que dejara sus hogares y la instaban a dirigirse hacia la estación o a la oficina de Onda, que por esa época era la única empresa que entraba en la ciudad”, recordó Marcos Correa evocando la noche de la evacuación. Fue en ese momento que “cundió el pánico, porque se decía que en cualquier momento podía ceder la obra, es decir la represa”.
A altas horas de la noche la estación de ferrocarril “era un caos, la gente quería, pero no podía, subir todos a la vez. Todo el mundo abandonó su casa sin nada y se aconsejó dejar las puertas abiertas para que el agua no rompiera nada. Recuerdo que salía un tren tras otro, por lo que decidieron poner soldados a un lado y otro del andén para evitar que la gente quedara trancada en la puerta de los vagones (…) En 24 horas se evacuó toda la ciudad”.
Recordó que mucha gente salía caminando hacia el norte, hacia Chamberlain, la primera estación después de Paso de los Toros. “La gente salía a pie, en carros, en autos, en camiones, en el tren, se sentía mucha tristeza. Mucha gente que se fue no regresó”, añadió.
No recuerdo la hora en que llegamos a la estación, pero era de noche. Nos fuimos con lo puesto, vestidos de verano. Tengo de todo eso una imagen espantosa”, evocó Ligia Romanelli quién por entonces tenía ocho años. “Yo iba de la mano de mi padre y se veían por todos lados montañas de cosas, de frazadas, de bolsos, había perros y gatos que la gente quería llevarse pero no podía. Me acuerdo que al lado nuestro, en el tren, había una señora llevando una jaula con un loro. Los soldados entraron a revisar y le pidieron que entregara la jaula. La mujer no lloraba, tal vez porque el loro representaba lo de ella, sus cosas”, recordó.
Raquel Pérez atesora recuerdos y una visión tal vez más clara de la evacuación porque su padre, Ernesto Pérez, era el director del desaparecido diario isabelino La Idea. Raquel y su familia llegaron a la estación cerca de la una de la madrugada del 18 de abril. Allí reinaba la confusión: miles de personas se agolpaban, lloraban, buscaban a los suyos, mientras decenas de soldados y policías, junto a funcionarios de AFE, procuraban poner orden.
Una crónica del diario La Mañana, firmada por Leonidas Piria, indica que “patrullas militares comenzaron a recorrer a lo largo y ancho de Paso de los Toros, la ciudad perdida, encontrando aquí o allá, un refugiado, que no quería ni podía abandonar su casa (…) hubo personas que dijeron que preferían morir y que debieron ser sacadas a la fuerza”.
Oscar Fernández era radiaficionado. En un tiempo en que no existían ni internet ni los teléfonos celulares, la radio era el único medio eficaz de comunicaciones. “Todo el mundo estaba convencido de que el agua se venía (…) Gente de Paso de los Toros sobrevoló la zona del lago aguas arriba y comprobó que la presión que se venía era impresionante (…) Yo trabajaba en un comercio muy importante en la época y estuvimos todo el día 18 evacuando el hospital y las zonas bajas. Nos fuimos hacia Peralta, una localidad donde establecimos una especie de comando de ayuda”, recordó.
Mientras esto sucedía en la ciudad, en la represa 155 funcionarios de UTE bajo el mando del ingeniero Elías Croci, vicepresidente del organismo en ejercicio de la presidencia. Recuerda el diario La Mañana que “eran los últimos seres humanos que habían permanecido junto a la gigantesca obra y que, con evidente riesgo de sus propias vidas, habían tentado el supremo esfuerzo de aliviar con un boquete lateral el impacto de las aguas y luego, cuando el resultado fue infructuoso, se abocaron a la improba tarea de retirar lo irrecuperable y dejar todo preparado para que las consecuencias de la inevitable inundación de la Sala de Maquinas y Equipos fueran lo menos grave posible”.
Pasadas las 16 horas del 21 de abril, 466 kilos de dinamita colocados por ingenieros de UTE y del Ejército, hicieron explosión permitiendo abrir un boquete que alivió la presión sobre el dique. El agua llegó hasta la ciudad cubriendo una gran parte de la planta urbana pero sin destruirla. Todavía hoy se pueden ver en algunos sitios de Paso de los Toros las marcas del agua.
A mediados de mayo las autoridades permitieron el regreso de los evacuados dando comienzo así a la reconstrucción de la urbe. Muchos no volvieron,prefirieron hacer su vida en otros lugares alejados del peligro y la angustia que representaba la proximidad de la represa. No obstante, nunca más el país vivió una situación similar.
(Fuentes: “Una historia de solidaridad y coraje”, Ultimas Noticias 18 de abril de 1999 y “¡Volveremos. Éxodo, solidaridad y coraje”)

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