jueves, 28 de mayo de 2015

Fotos en la feria, vidas en la calle


Desde un viejo cartón marrón, ajado y roto, los rostros de la familia López Vidal miran sin curiosidad a los transeúntes. Entre fierros viejos, botellas de plástico, cucharas y cuchillos de diversos estilos y épocas, cajas vacías de viejos perfumes y zapatos usados, asoma la vida y los momentos de felicidad de una familia que pasa sus vacaciones en el campo a mediados de los años cuarenta. En las páginas ajadas de lo que en un tiempo fue un álbum de fotos familiares, aparecen el establecimiento campestre, los muebles –sólidos y antiguos-, los niños jugando con animales. Ajenos todos en su felicidad del momento a las miradas, entre curiosas e indiferentes, de quienes no se interesan por esas vidas perdidas hace ya quién sabe cuánto tiempo.
Unos metros más allá, también entre variadas chucherías y objetos de relativo valor para coleccionistas de cualquier cosa, aparecen fotos en color. Más modernas en la ropa y en los peinados de los protagonistas. Más modernas en el auto y en la casa del balneario. Vacaciones de verano en algún lugar de la costa de Canelones. Risas, juegos, felicidad. La vida.
Esa vida que reflejan las imágenes, es la misma que se replica en las ferias de Montevideo. En Tristán Narvaja, Piedras Blancas, la Unión, Paso Carrasco. En todas ellas la vida de familias, de generaciones enteras congeladas en fotografías que pretendieron ser el recuerdo de los buenos momentos y terminan en la calle, con suerte sobre una improvisada mesa, miradas, espiadas, violadas por miles de ojos curiosos. Vendidas a unos pocos pesos, con suerte a un coleccionista que las atesorará y seguramente protegerá la vida y el recuerdo de esos desconocidos.
Dan ganas de comprar todas esas fotos. Todos los álbumes. Dan ganas de proteger esas vidas, de proteger su intimidad y buenos momentos.
La fotografía digital, con su efímera vida, se alza como un baluarte de esa intimidad familiar que se ve todos los días de la semana en las ferias de Montevideo. Parece contradictorio que en estos tiempos de fotografías tomadas hasta con un teléfono, en donde todas las semanas se conocen casos de famosos, y también de gente común y corriente, cuyas imágenes intimas son robadas y terminan en la red ante la mirada curiosa de todo el mundo, haya en esos mismos mecanismos un elementos protector. Es que ya casi no hay álbumes familiares en papel, por lo tanto hay menos posibilidad de terminar en la calle.  Aunque solo sea porque nadie puede ver en la calle lo que hay guardado en un disco o pendrive.

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