martes, 14 de julio de 2015

Yo, periodista


Hay un hilo conductor entre varios de los más grandes escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, y es que ejercieron el periodismo. Pero en el caso de Gabriel García Márquez, tal vez igual que en Juan Carlos Onetti, la diferencia es que no solo ejerció el periodismo sino que fue esencialmente un periodista. Así lo dijo siempre y así lo demostró en cada oportunidad. Para él, el periodismo es “el oficio más hermoso”, el que aprendió en largas horas en la redacciones, en contacto con viejos cronistas que le transmitieron su experiencia y su pasión, en la tensión de la noticia, con litros de café y cigarrillos a granel.
En ocasión de una conferencia dictada el 7 de octubre de 1996 en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, afirmó que “el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no lo haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a morir por eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, y no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.
Gabo llegó al periodismo muy joven, a los 21 años, a fines de abril de 1948 cuando se afincó en la ciudad de Cartagena de Indias, a la que llegó con muchas preguntas y dudas y pocos logros. Allí, según cuenta su biógrafo Gerald Martin, cuando caminaba por la calle de la Mala Crianza, se encontró con un conocido, el doctor Manuel Zapata Olivella, quién llevó al joven a la redacción del diario El Universal, donde lo presentó al editor Clemente Manuel Zabala. De inmediato lo contrató. Su primera columna no gustó al editor quién con su lápiz rojo tachó la nota. Al día siguiente salió publicada la primera nota de Gabo, en la sección “Punto y aparte”. Era un artículo sobre el toque de queda en la ciudad, escrito como una meditación sobre la ciudad. A partir de ahí el periodismo no lo soltaría hasta el último día de su vida.
Años después, a comienzos de los 50, pasó a El Heraldo, donde publicó una columna llamada La Jirafa. Estando en ese diario, su director lo convenció para que escribiera en una revista de la misma editorial llamada Crónica, de la que se transformó en un verdadero hombre orquesta.
En 1954 Gabo regresó a Bogotá y entró a trabajar en El Espectador, el diario del legendario Guillermo Cano, quién 30 años más tarde sería asesinado por sicarios de Pablo Escobar. Allí fue el reportero estrella. Ese año fue enviado a Antioquía donde un derrumbe había sepultado un barrio entero. Gabo llegó a la ciudad para comprobar como la comunidad de La Media Luna había desaparecido con gran parte de sus habitantes. Tras una intensa investigación logró sacar a luz una historia de corrupción y desidia que había comenzado años antes, había costado loa vida de decenas de personas y continuaba en otros departamentos del país.
Su posición fue consagrada al año siguiente cuando empezó a publicar una serie de artículos basado en una extensa entrevista al marino Luis Alejandro Velasco, el único sobreviviente de los ocho marineros que cayeron al agua desde la cubierta del destructor Caldas. Con su riguroso y exhaustivo interrogatorio García Márquez demostró que el barco no se hundió durante un temporal como se dijo en su momento sino que fue hundido intencionalmente para encubrir una carga de contrabando. El trabajo fue un éxito y sirvió para dejar bien establecida la reputación del joven periodista. Años después la serie de artículos sería publicada en un libro que llevó título Relato de un náufrago.
El oficio de periodista lo llevaría a Europa, donde vivió dos años luego que el régimen del general Rojas Pinilla clausurara a El Espectador. Fue enviado especial a Venezuela donde cubrió con maestría la movilización popular que terminaría con la dictadura de Marcos Pérez Jimenez y cuyas crónicas fueron más tarde publicadas en un volumen titulado Cuando era joven e indocumentado.
Su compromiso lo llevaría a fundar, junto al argentino Jorge Ricardo Masetti, la agencia de noticias Prensa Latina, un instrumento independiente de los grandes medios internacionales que la revolución cubana decidió crear para romper el cerco informativo de que era objeto en los comienzos de la década de los 60.
Nunca dejó de hacer periodismo y hasta llegó a dirigir una revista –Cambio- y varios de sus libros fueron extensas crónicas o reportajes, periodismo puro, como Crónica de un secuestro, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, El asalto o Viva Sandino. Pero tal vez su obra más duradera sea la Fundación del Nuevo Periodismo porque en ella se han formado y se forman cientos de jóvenes periodistas imbuidos del amor a lo que Gabo llamada “el oficio más hermoso”.

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