jueves, 12 de mayo de 2016

Identidad, patrimonio y símbolos




Hablar de patrimonio muchas veces queda circunscripto a los especialistas. Por lo general es la academia la que termina dando su opinión, muchas veces inapelable. Ante el patrimonio de la ciudad -tanto material como inmaterial- se espera siempre la opinión del arquitecto para explicarnos acerca de los valores, o la carencia de estos, de algún edificio. Si se trata del patrimonio inmaterial, vienen los músicos, los plásticos y otros artistas a dar su opinión. Falta siempre, pero siempre, la opinión de la gente. La de aquellos que tienen una visión distinta, Ni mejor ni peor, distinta. Basada muchas veces en la convivencia durante generaciones junto a algún bien, muchas veces ni siquiera un edificio, sino algo que se convierte por la fuerza de la costumbre y la tradición de una zona o grupo humano, en un símbolo. Y de eso se trata el patrimonio para el común de los mortales. Y un símbolo, se sabe, tiene más valor que el que pueda conferirle cualquier opinión.
Tiempo atrás, durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, y la primera administración de Mariano Arana al frente de la Intendencia de Montevideo, se comenzó a construir la Torre de las Telecomunicaciones. Los vecinos de la zona iniciaron una movilización en defensa de una antigua chimenea perteneciente a una fábrica cerrada. Era una chimenea. Nada más ni nada menos. Los opositores decían que se trataba de un grupo de nostálgicos ciegos ante el futuro, unos viejos que se niegan a mirar para adelante y otras cosas por el estilo, Incluso insultos, Porque insultos siempre hay en estos casos. Los vecinos alegaban: la chimenea siempre había estado allí.
Una mañana fui a hacer una nota con los vecinos, hablar con ellos para saber la razón para defender una chimenea. Al principio me costó entender. Luego lo comprendí: era un símbolo. Un símbolo de la identidad del barrio. De esa identidad que diferencia a La Aguada de la Ciudad Vieja por ejemplo, a La Unión de Pocitos. Cada zona de la ciudad, del departamento y del país tiene su identidad. Y esa amalgama de identidades crea una identidad plural de rico valor cultural.
Eso pasa con el edificio de la vieja confitería Cante Grill de la avenida 21 de setiembre. Ese edificio, construido por el arquitecto Humberto Pitamiglio, que recuerda a un castillo medioeval, no tiene valor arquitectónico según un arquitecto de la Comisión de Patrimonio. Puede ser. No soy arquitecto. Se dice que el maravilloso edificio del banco República en la Ciudad Vieja, tiene serias imperfecciones en la parte de atrás. Puede ser. Eso no es lo que importa. El edificio de la confitería es un símbolo. Así lo sienten los vecinos y las personas que se movilizaron para impedir su derrumbe. Situación que según la comuna está lejos de ser real, aunque para prevenir la administración de Daniel Martínez decidió una medida cautelar para proteger la construcción.
Tal vez haya llegado el momento de que ciudadanos comunes, vecinos, conocedores de los lugares y tradiciones de los barrios y lugares de la ciudad y del país, integren, aunque más no sea como asesores los organismos encargados de la preservación del patrimonio, como la propia Comisión de Patrimonio. Serían una voz distinta, una opinión para ampliar la pluralidad.



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